Por Claudio Ghiringhelli
Cuando hablamos de nuestros seres queridos y sus problemas con las adicciones, es fundamental tener en cuenta el rol de la familia dado que ellos podrán contribuir o dificultar, por desconocimiento, el problema de adicciones de su ser querido.
Uno de los engaños que abriga la persona atrapada en una adicción es que sus problemas no dañan a nadie más que a él. Sin embargo, afectan a una red de relaciones mucho más amplia y cuanto más íntima sea la relación, mayor será el impacto. Un alcohólico podría tener problemas en su trabajo pero más allá de esto, puede destruir y lastimar a su familia inmediata.
Es importante comprender que nuestra conducta afectará a las generaciones anteriores y a las siguientes. La iglesia cumple un rol muy importante en la estabilidad y salud de las familias, dado que la inestabilidad y disfuncionalidad de la familia tiene un efecto importante en la vida de toda persona.
Si los padres llevan una vida pecaminosa y psicológicamente abusiva, esto repercutirá fuertemente en sus hijos, nietos y probablemente en otros descendientes. Muchos psicólogos y psiquiatras aseguran que los hijos, especialmente los más pequeños, necesitan desesperadamente una relación amorosa entre sus padres y cuando esto sucede tienen muchos menos problemas mentales y emocionales en la vida.
Es importante que en toda familia haya un balance entre el nivel de exigencia y el nivel de contención. La sobre exigencia generará hijos estresados, mientras que el exceso de contención dará lugar a hijos caprichosos e inmaduros. El balance consiste en no estar ni demasiado enredados ni demasiado desligados. Los dos extremos serían disfuncionales.
También es importante considerar la idoneidad de edad, es decir que las responsabilidades asumidas por cada integrante de la familia sean adecuadas con la edad. Por ejemplo, en las familias disfuncionales los hijos por momentos asumen el rol de padre o esposo, cargando emocionalmente con situaciones y problemas que no le corresponden, lo que los podría llevar a refugiarse en una adicción a causa de las presiones que enfrenta.
La disfuncionalidad no pasa necesariamente por el hecho de que un niño sea criado por un solo progenitor, sino en que se deposite en él un rol y una responsabilidad para la que no está preparado. Por ejemplo una mamá que expresa reiteradamente sus problemas y necesidades económicas a un hijo menor, asumiendo que tiene un “hombre” en la casa, cuando es obvio que el niño no podrá solucionarle sus dificultades.
No existe una familia perfecta, porque no hay personas perfectas, todos tenemos cierta cuota de disfuncionalidad y por este motivo debemos procurar corregir en nuestras relaciones familiares nuestros patrones de conducta destructivos.
La Biblia nos alienta a practicar estos cambios en 1º Pedro 1:22-23.
En una familia funcional los hijos se sientes seguros porque hay alguien que cuida de ellos, también aprenden a ser responsables por los actos que realizan y cuando surgen problemas se pueden comunicar y los miembros de la familia saben cómo ayudar. En las familias funcionales ningún integrante de la misma es el centro de atención.
Los padres deberían tratar de reflejar el carácter de Dios representado por un balance entre la justicia (límites y disciplina) y la misericordia (contención y afecto)
¿Ayudamos o dañamos a los que queremos?
En reiteradas oportunidades, los esfuerzos realizados para ayudar a alguien que está atrapado en una adicción pueden ser infructuosos y aun inadvertidamente se puede estar contribuyendo a mantener la conducta adictiva y habilitando a la persona para que siga con su comportamiento destructivo.
Habilitar es cualquier cosa que la familia haga para impedir o atenuar las consecuencias negativas que son el resultado del mal comportamiento de una persona. Por ejemplo una esposa o una mamá que miente cuando su esposo o hijo falta al trabajo porque está bajo el efecto de lo que consumió. Es importante recalcar que las personas toman decisiones genuinas de cambio cuando experimentan las consecuencias negativas de sus acciones. Es decir, cuando el dolor por los resultados de sus acciones es mayor que el placer que le genera el consumo de una sustancia.
De esta manera, cuando al adicto se lo rescata una y otra vez haciendo lo necesario para que él no sufra, mantendrá una actitud inmadura e infantil y eso lo hará dependiente del que lo rescata y este círculo vicioso es difícil de quebrar a menos que alguno de ellos decida hacerlo.
El familiar que responde de manera obsesiva queriendo cambiar y controlar la vida del familiar adicto se llama codependiente. El codependiente tiene un sentido de bienestar cuando cuida del adicto al punto que él depende de esa persona como el adicto a la sustancia. En verdad, nadie puede cambiar ni controlar a nadie y sólo Dios puede hacerlo.
Los familiares de una persona con problemas que controlan su vida deberían comprender tres cosas: 1) que ellos no causaron ese comportamiento o abuso de una sustancia. 2) que ellos no lo pueden controlar y 3) que ellos no lo pueden curar. Sólo Dios puede cambiar una vida, por tal motivo deberían dejar de culparse y poner a la persona con problemas en las manos de Dios, dejando también de tener actitudes con las que puedan estar favoreciendo la conducta adictiva.
Muchas personas no se sienten motivadas a buscar ayuda porque saben que sus padres o familiares siempre toleran sus actitudes y más allá de las palabras y amenazas, finalmente siempre encuentran refugio, comida y otros beneficios que no ganan con el esfuerzo propio.
La parábola del hijo pródigo en Lucas 15:11-24 nos enseña cómo un hijo se rebela con su padre y decide abandonar la casa, sin embargo el padre no lo rescató, no lo obligó a quedarse, ni lo buscó o ayudó cuando estaba lejos, pero cuando finalmente ese hijo experimentó las consecuencias negativas de sus malas decisiones, dice el pasaje bíblico que “volvió en si” y reconoció los errores que había cometido, volviendo arrepentido a su hogar en donde halló perdón y misericordia.
Finalmente debo destacar que para ayudar hay cuatro cosas que si podemos hacer con los que luchan:
1) Dirigirlos a que busquen y encuentren ayuda en Jesús.
2) Guiarlos a reconocer su condición y hablar siempre la verdad, no siendo cómplices ni creyendo sus mentiras.
3) Hacerlos responsables de las decisiones que toman, aprendiendo a no rescatarlos.
4) Orientarlos, explicándoles que hay lugares adecuados en donde pueden ser ayudados.