CÓMO AYUDAR AL ADICTO

Por Claudio Ghiringhelli

Todo ser humano tiene una naturaleza espiritual y emocional que debe ser satisfecha para encontrar sentido en su vida y hallar fuerzas y motivación.

Lamentablemente, el camino muchas veces elegido para satisfacer la necesidad espiritual no es el correcto y en el caso específico de las adicciones, la persona eligió tratar con sus dificultades envolviéndose cada vez más profundamente en sus hábitos y estilos de vida dependiente.  Estas personas suelen emplear todo un arsenal de justificaciones para apoyar estos hábitos o actitudes pero el conocimiento sobre el que se basan sus fortalezas se opone a la verdad de Dios. Empleamos la palabra ídolo para referirnos a cualquier cosa en la que las personas buscan la solución que sólo Dios podría brindarles.

La palabra adicto hoy se ha generalizado y ya no se limita a la definición de la Organización Mundial de la Salud que sólo describe la adicción a las drogas.  La gente es adicta a cosas muy diferentes como alimento, tabaco, jugar al azar, trabajar, religión, gastar dinero, diversión, juegos de video, pornografía, internet, uso desmedido del teléfono móvil, agradar a la gente, controlar a las personas y muchas otras.

La adicción está vinculada a la falta de discurso y la imposibilidad de poner en palabras.  Como todo lo que no se habla se termina actuando, la adicción tiene que ver con la demostración de que existe una imposibilidad para vivir en el mundo.

Al adicto el mundo le resulta insoportable por eso debe evadirse a un mundo fantaseado generado por las drogas o alguna otra adicción.

A partir de la adicción, la persona se transforma en un recipiente que se llena de sentimientos negativos sin poder volcarlos hasta el punto de la saturación, lo que provocará la necesidad de salir o emerger de esa realidad a través de cosas que lo evadan o cosas que lo hagan sentir bien aunque sea por un momento y sin medir demasiado las consecuencias.  Entonces, ¿cómo se rompe la adicción? Hablando, diciendo lo que nos pasa, manteniendo canales de expresión en los ambientes en que nos movemos (hogar, escuela, iglesia, etc.)

Toda iglesia debería considerar la importancia de generar espacios de seguridad y confidencialidad donde las personas puedan ser escuchadas confiando en que no serán condenadas ni será divulgado lo expresado en ese ámbito.  Para ello se necesitan básicamente tres ingredientes: a) la aceptación incondicional de la persona, es decir respetarla por su dignidad de ser humano más allá de su conducta con la que podemos disentir.  b) la empatía, es decir tratar de captar lo que esa persona vive y experimenta entendiendo que la experiencia es sólo de ella y el que ayuda debería esforzarse por comprender sin usar ejemplos personales o de otros, ni creyendo que él entiende más que el ayudado dado que su situación es única e irrepetible y por lo tanto nadie puede saber mejor que él lo que sufrió y está experimentando; y c) la congruencia es decir la importancia de ser transparentes porque eso se percibe en la relación de ayuda y si el que quiere ayudar no es coherente primero con él mismo normalmente no será efectivo en lo que trate de hacer o decir a la otra persona.

Decimos habitualmente que estos ingredientes generan espacios saludables y hoy existe en todos lados una gran demanda de personas que sepan escuchar al que sufre y por lo expuesto es fundamental que desde la iglesia hagamos esfuerzos para no clasificar o rotular a las personas con problemas.

Aquellos que están involucrados en adicciones habitualmente demandan tiempo y atención y requieren de obreros con cierto entrenamiento y que no terminen dañados por la tarea.  Pensamos que una labor de ayuda fue efectiva cuando la persona ya no nos necesita, es decir aprendió a depender de Dios y tiene capacidad de sostenerse sabiendo pedir ayuda cuando sea necesario.

Los sentimientos dolorosos fueron dados por Dios para servirnos de alerta y aprender a reconocer que algo no está bien en nuestra vida.  Las defensas levantadas sólo sirven para encubrir el pecado y mantener el engaño, la verdad suele ser dura de enfrentar y la persona usa este recurso para protegerse del dolor de tener que reconocer lo que verdaderamente lo ha herido.  Suelen como consecuencia cumplir con el ciclo de encubrir, recaer para luego permanecer en la desesperanza y frustración.

En el trabajo con adictos hablamos de dos diagnósticos, el primero y el que habitualmente la persona afectada y su familia cree es que el problema es el consumo en sí, el problema para ellos es que la persona afectada “se droga” y debería dejar de hacerlo.  Sin embargo para poder llevar adelante una ayuda efectiva se debería llegar al segundo diagnóstico que está vinculado a la necesidad de que la persona se disponga a trabajar con sus heridas emocionales y espirituales que la llevaron a quedar atrapada en una adicción.

Es evidente que para poder hacer esta tarea la persona tendrá que dar el “permiso” y disponer su corazón para poder trabajar con la raíz del problema.  Por este motivo es habitual que muchos manifiesten en un primer momento su deseo de cambiar pero cuando alguien se acerca para establecer una relación de ayuda, la persona desiste a causa del dolor y el uso de manipulaciones y defensas que lo alejan de la posibilidad de salir adelante.  Necesitan la ayuda del Espíritu Santo para tomar las fuerzas necesarias y dejarse sanar por el Señor.

Por este motivo es muy importante prestar más atención al mensaje no verbal que al discurso de la persona, dado que sus acciones y no siempre sus palabras son las que nos indican más claramente su intención de cambio.  La inmadurez emocional y la manipulación suele ser los rasgos más marcados en la personalidad del adicto y por este motivo las personas que no están suficientemente entrenadas suelen sentirse defraudadas al verse engañadas o no valoradas por aquellos que manifiestan querer ser ayudados.

Se sabe que hay momentos en el proceso de la vida adictiva en donde el adicto no tiene ningún interés en cambiar y por este motivo es imposible hacer algo en concreto con él más que interceder por su vida.  Es triste pero habitual ver a familias desesperadas queriendo que un hijo cambie y este no estar interesado en hacer nada para recuperarse.  Hay otro momento en donde empiezan a considerar la posibilidad de hacer algo por su vida y buscan información y dicen que quieren cambiar pero finalmente no se comprometen con un tratamiento.  Finalmente suelen llegar en muchos casos a etapas en las que dejan de lado el engaño y se disponen a tratar con sus problemas y es allí donde generalmente una relación de ayuda termina siendo exitosa.

A modo de conclusión, considero que toda persona que trabaje con personas con problemas que controlan sus vidas deberá estar preparada para trabajar sus propias frustraciones, es decir reconocer nuestra propia angustia generada por la imposibilidad de cambiar a las personas, cosa que sólo Dios puede hacer, viendo la necesidad de estar preparados cuando alguien recae lo que puede ser posible, aunque no siempre es señal de que todo el esfuerzo hecho hasta el momento está perdido.  Dios puede seguir obrando en sus vidas ayudándolos a vincularse con aquellos que genuinamente les quieren ayudar.

Es necesario que toda iglesia haga el esfuerzo para extender su ministerio con el fin de recibir a personas de diferentes trasfondos.

En muchos casos habrá que derivar a ministerios específicos cuando la complejidad es mayor o cuando la persona sigue recayendo a pesar de la ayuda brindada en la iglesia.

Recordemos que el Espíritu Santo es el gran integrador habiendo permitido que la iglesia primitiva se transforme de una compuesta sólo por judíos a otra en donde los gentiles también encontraron su lugar.